Mientras nuestros Sagrados Titulares permanezcan en la Santa Iglesia Catedral, participando en la exposición Kerygma,, habrá dos silenciosas presencias que custodiarán la vida de la Hermandad desde sus capillas, recordándonos que la ausencia física nunca es ausencia espiritual.
El la Capilla del Señor, se alzará la cruz que sostuvo el cuerpo redentor del Cristo de los Favores entre los años 1989 y 1998. No será una cruz cualquiera. Es una reliquia de nuestra propia historia. Y, a los pies de la cruz, el Niño Jesús de la Hermandad nos ofrecerá una profunda catequesis de fe. Porque donde comienza la Encarnación culmina la Redención; porque el Niño que nace humilde en Belén es el mismo Señor que un día entregará su vida por la salvación del mundo.
Presidirá el altar de la Santísima Virgen, el bendito Simpecado, estandarte de nuestra fe y expresión visible del amor que profesamos a María Santísima de la Misericordia. En él contemplaremos el rostro de la Madre que nunca abandona a sus hijos, la misma que sigue acogiendo nuestras súplicas, consolando nuestras penas y alentando nuestras esperanzas. Allí estará Ella, representada en ese venerado símbolo mariano, para seguir siendo refugio y guía de cuantos dirijan su mirada a la capilla.
Así, durante estos meses, nuestras capillas seguirán teniendo un corazón que late. Porque una Hermandad no vive únicamente de sus imágenes, sino también de su memoria, de sus símbolos y de la fe que éstos despiertan.

